viernes, 19 de diciembre de 2014

entre dos columpios en un frío diciembre.


Me escondo en la frialdad de diciembre. En los oscuros y ocultos rescoldos de un sentimiento. Un susurro devastador, y un paso en falso. Me escondo en todo lo que ahora está mal, y antes estaba bien, porque a ambos nos daba igual. Y mis manos, enrojecidas y heladas, entrelazadas con tus rígidos dedos, la palma de mi mano. El vaivén del mar de soledad en el que nos sumergimos, y el bamboleo de la mesa coja sobre la que me senté. Los gritos de diversión, allá a lo lejos, felicitando el año nuevo, y tu sonrisa, suficiente para iluminar más que las ridículas luces de Navidad que todos los años decoran la ciudad. Un chirrido me sacó del sueño que eras, y es que, como siempre, un niño había bajado y se columpiaba con alegría. Sonreíste. Yo sabía lo que pensabas. Cuando apenas podía mover mis manos y la noche calló al suelo, te montaste como la niña que demostraste ser, y me invitaste a acompañarte. Te empujé, siendo tu mano amiga, y cuando no podías más que alcanzar las estrellas, me senté a tu lado. Me hablaste como nunca lo habías hecho, y me dijiste todo lo que yo quería oír. Te despediste, sin rozar mis labios, un beso mudo, y me fui. Y como supe, cuando acaricié al gato que siempre cruza mi camino de regreso a casa, que jamás volvería a verte, no de la misma forma. 

Me enfrié como un día de invierno.

martes, 16 de diciembre de 2014

dame un poco de tiempo, aprenderé a verte.

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Me gustan tus manos.
Y es un gran comienzo para una conversación. Porque es verdad. Me gustan tus manos, que escriben todo aquello que tus palabras no dicen. Me gustan tus largos, pálidos dedos, que dibujan todo lo que no sabes explicar. Tus nudillos, con pecas espolvoreadas. Blancos cuando aprietas el puño. Y tus uñas, oh, tus uñas, mordidas hasta la raíz, brillantes y pequeñas, con su forma discontinua, y el cómo intentas esconderlas cuando las miro, avergonzada hasta las orejas.
Me gusta su tacto, y la suavidad que siempre tienen. Y el cómo te ríes, y afirmas que siempre usas crema, y como, un poco después, en susurros y sonrojada, confiesas que lo haces porque sabes que siempre te las cojo. Y tus callos, y tus ampollas, y todas las líneas que conforman tu pequeña mano.
Cómo puede, una parte tan pequeña de tu cuerpo, decir tanto sobre ti. Cómo pueden, tus dedos entrelazados unos con otros, gritar lo que tú nunca me cuentas. El repiqueteo contra la mesa, cuando estás nerviosa. Cuando te rascas el pulgar, porque tienes miedo, y no lo quieres afirmar. O como, cuando mientes, frotas tu índice y tu pulgar.
Podría sostenerlas para siempre.

martes, 2 de diciembre de 2014

que la luz rompa la superficie del mar.

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Que, por favor, alguien me llore un océano. Quiero fluir con los peces.

Eres mi secreto, eras mi secreto.
 Eres lo prohibido, eras lo prohibido.
 Nadie más podía abrirte, o hacerte sentir como yo lo hacía. 
Sostener tu mano, o sentir el calor de tu cuerpo.
No podías ser descubierto, no deseaba que lo fueras.
Porque entonces dejarías de ser mío.
Mío de posesivo.
Y dejaría, de cruel forma, de tener algo de lo que hablar en susurros.
Tus lágrimas, no decorarían mis estantes.
Tus palabras, no resonarían en mis pasos.
Todos te verían.
Todos te escucharían.
Y, si para que seas sólo mía, debes ser nunca más.
Que así sea.

¿Qué es esto?
¿Son mis lágrimas?
¿Mis sentimientos fluyendo?
¿O tal vez tu sangre, que hoy decora mi rostro?
Prometo, que la locura aún no deforma mis facciones, que es la pena.
Prometo, que mis hilos aún no están rotos, sostenidos por el delirio.
Tú quisiste mostrarte.
Yo quise que lo hicieses, pero sólo a mí.
No es una historia de traición. 
Es sólo otra historia más.
Mientras desapareces, y yo tengo tus últimas palabras.

Y te veo.
Allá, junto a otros.
Ya no eres un secreto.
Eres sólo alguien más.
Y no mereces que te recuerde.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Corre, corre, ¡corre!


Corriendo, corriendo, cada vez más y más rápido. He visto la frontera difuminarse hace rato, y ya sólo seguimos corriendo. Mi corazón pesa sobre mi cuerpo, que ahora parece ligero, y corre tan rápido como las estaciones, pasando una y otra vez frente a los mismos paisajes, la misma gente.
He visto a los niños decir adiós, con su pequeña mano. He visto a los perros mover la cola a mi paso.
He visto al invierno saludar, con sus ramas caídas, y su nieve derretida. A los arroyos correr a mi velocidad, y a los suspiros quedarse atrás.
Y vi, hace ya, a tu mano escaparse de la mía, te vi, quedarte allá, mirándome con aprensión. 
Sabes que yo nunca iría tan rápido como para dejarte en mi camino recorrido, esperando, con tu pie golpeando rítmicamente las baldosas que ya pisé. 
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Extiendes tu mano. La miro, sin comprenderlo, ¿me dejarás caer, o simplemente la retirarás? 
O quizá, eres la mano amiga, que tanto necesito, que tan poco comprendo.
Y es que ya olvidé, los rugosos callos, pero la suavidad del tacto, tus blancos nudillos, tus bellos y largos dedos. Y ya olvidé, cómo se sentía sostenerte. Tener tan sólo tu mano en la mía, pero sentir todo tu cuerpo en ella, la calidez del mundo, y la armonía de mi cuerpo. El peso de mi corazón, discordante de la ligereza que siento. El agujero que siento, la prueba de que estuviste aquí.
Siento que olvido algo.
Que echaré a correr, y volverás a quedar atrás, pero no quieres adelantarme, y yo no quiero mirarte desde la frontera, que ya no se difumina, y ya nadie me saluda. Y el verano me despide, con su calidez convertida en el frío del otoño, con las hojas cayendo sobre mi rostro, que ya no es el de alguien feliz.

Amor y odio, ambos juntos, pueden formar armonía.

Cierra los ojos, mi amor, y cae.


domingo, 23 de noviembre de 2014

¿me recuerdas?

X

Y ahora, estoy tan cerca, y la vez tan lejos, de la persona que jamás podré tener.
Y yo, que sólo pedía abrazarte, jamás podré hacerlo.
Rozarte... aunque fuese con la punta de mis dedos. La suave brisa de tu calidez, el amanecer de la explosión de sentimientos que supondría para mí tan sólo extender mi mano y no toparme con el aire de tu ausencia.

Las hojas caen, el otoño llega, y se instala, y para mí, no es más que otra estúpida estación que debo soportar, y me pregunto, una vez más, qué estoy esperando. Los árboles comienzan a descubrir sus pequeñas y finas ramas, antes cubiertas de sedosas hojas verdes, y no puedo evitar ver una comparación a mis sueños. 
Antes poblaban mi cabeza, una senda maraña de ilusiones y esperanzas, que un día, cuando el cielo se tiñó gris, cayeron con fuerza al suelo, casi un suspiro en el aire. Y la última que lo hizo, lo hizo lentamente. Y casi pensé, que yo, con mis tristes y caídas ramas, podría alcanzarla, y tanto como a ella, recoger las demás, y volver a recomponer mi árbol. Pero no, aterrizó fuera de mi alcance, y no me quejo. 
Porque aunque ha pasado tiempo, la primavera se acerca tras el invierno que fue, y mis hojas volverán a crecer, y volveré a soñar, y la alegría puede, quizá, tal vez, quién sabe, reinará en el pequeño, ya no árbol, sino bosque, que plantaré con mi esperanza. 

Y pasará una, y otra vez, y yo aguantaré, porque estás tan lejos, y estás tan cerca.

Y un abrazo tuyo nunca me curará, porque nunca me lo darás, pero las yemas de mis dedos recordarán tu sabor, la forma de tus labios que siempre supe imaginar, el roce de tu mano contra mi cabello, desparramado entre las hojas de otoño, entrelazado entre deseos. Y que la seda blanca de mi ropa, tejida con mi amor, forme un halo blanco a nuestro alrededor.
No pediría más
que poder tenerte
de otra forma más
que no sea mi imaginación.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Ahora quiero que me mires, y mires arriba, al cielo, y me compares con una estrella.


There's happiness at the end of the rainbow | via Tumblr

Dicen que cuando un escritor se enamora de ti, vives para siempre.
Así que, con cada suspiro, hazme eterna, y déjame vivir en tus palabras, deslizarme entre tus mundos tintados de cristal. Seré la reina de todos ellos, y seré duradera, y lo seré por ti.
Permíteme correr como sangre por tus venas, yendo siempre contigo. 
Y aguardaré, y aguantaré, en la inmensidad de los cuadros que pintas con tus historias, de la extravagante belleza de lo que creas tan sólo con un susurro.
Y es que yo me conformo, con ver mi nombre, ver una alusión a mí, escrita en tu cuaderno.
Porque yo, lo que quiero, es enamorarme del amor, de mis mejillas arreboladas, de mi tonta risa, y vivir de la embriaguez del sentimiento. 
Que quiero enamorarme de esta sensación. 
Y malgastar mi juventud.
Y malgastar mi vida.
Y es que los escritores, no saben amar, y es que yo seré eterna en tus palabras, pero qué hago, si te escapas en cada susurro, si en cada suspiro, te pierdo más.
Y qué hago, si yo caigo por ti.
Y no al revés.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Quiero sangre, tarta de chocolate y vísceras. De todas formas, iba a vomitar.

Save me from the nothing i've become.

Dime si puedes sentir mis venas latiendo junto a tu piel, dime si la sensación de mi sangre recorriendo tus muñecas es placentera, porque, ¿acaso no es lo que deseabas? Sentirme morir aquí junto a ti. No dejas de empujar, y empujar, intentando llegar a la superficie a través de mi afilado pecho, intentando no cortarte con los cristales que un día fueron los sentimientos que tú misma puliste. Tal vez, si abro mi pecho, y observas cómo mi corazón continúa latiendo, puedas descansar en la paz de mi tortura. Oye el lamento de los muertos, que siguen demasiado vivos como para descansar, la melodía de una agonía que no encuentra paz en su desgastada alma. El tiempo únicamente me mata un poco más, y cada segundo siento como mi cuerpo se hunde en la negrura de un pozo de dolor y dejo de ver la luz, y dejo de desearla, y siento como si me ahogara, pero no lo hago. Quiero hacerlo.
Y mi sangre lo baña todo.